No hay ninguna divergencia: el cambio climático actual es de origen humano.
- Carlos Zurita R.

- 27 may
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Por PhD. Carlos Zurita R., Director CICE
En los últimos días, una entrevista de la ministra del Medio Ambiente, Francisca Toledo, con la periodista Mónica Rincón volvió a instalar en el debate público una pregunta que, desde la ciencia, ya no admite ambigüedades: ¿el cambio climático actual tiene origen humano?
La pregunta no era compleja. Tampoco era una trampa. Era una oportunidad para que la principal autoridad ambiental del país reafirmara, con claridad, aquello que la comunidad científica internacional ha establecido con enorme solidez durante décadas: el calentamiento global observado en la era industrial es consecuencia directa de las actividades humanas, principalmente por la emisión de gases de efecto invernadero.
Sin embargo, ante la consulta sobre la responsabilidad humana en el cambio climático, la ministra señaló que “hay divergencia”, para luego matizar indicando que “el hombre obviamente tiene un aporte”. Diversos medios consignaron que la respuesta generó críticas precisamente por relativizar una materia ampliamente respaldada por la evidencia científica.
El problema de esa afirmación no es solo comunicacional. Es profundamente científico y político. Cuando una autoridad ambiental instala la idea de que existe “divergencia” sobre el origen humano del cambio climático, no está simplemente expresando cautela: está introduciendo incertidumbre donde la ciencia ha construido consenso.
Y ahí es donde debemos ser muy claros: no hay divergencia relevante sobre el origen antropogénico del cambio climático actual.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, IPCC, no habla en términos ambiguos. En su Sexto Informe de Evaluación, el IPCC afirma que es inequívoco que la influencia humana ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra. También señala que las actividades humanas, principalmente mediante emisiones de gases de efecto invernadero, han causado el calentamiento global, alcanzando cerca de 1,1 °C sobre los niveles de 1850–1900 durante el período 2011–2020.
La palabra “inequívoco” no es casual. En ciencia, especialmente en los informes del IPCC, cada palabra es deliberada, revisada y calibrada. No se trata de una opinión, ni de una consigna ambientalista, ni de una posición ideológica. Se trata de la síntesis más robusta disponible del conocimiento científico internacional.
Como ecólogo, me parece especialmente preocupante que esta discusión se presente como si aún estuviéramos en una etapa de duda fundacional. La ecología lleva décadas documentando los efectos del cambio climático sobre especies, poblaciones, comunidades y ecosistemas. Cambios en distribución geográfica, alteraciones fenológicas, desplazamiento de rangos altitudinales y latitudinales, pérdida de hábitats, estrés hídrico, incendios más severos y modificación de interacciones ecológicas no son escenarios abstractos. Son procesos observables y medibles.
Por supuesto que la Tierra ha experimentado cambios climáticos en el pasado. Nadie en la comunidad científica seria niega eso. Han existido glaciaciones, períodos interglaciales, variaciones orbitales, cambios en la actividad solar, erupciones volcánicas y reorganizaciones profundas del sistema climático a escala geológica. Pero esa constatación no refuta el origen humano del calentamiento actual. Al contrario, permite distinguirlo con mayor claridad.
La diferencia está en las causas, la velocidad y la señal física del fenómeno. Los cambios climáticos del pasado respondieron a forzantes naturales, como variaciones orbitales o procesos volcánicos. El calentamiento actual, en cambio, ocurre en un contexto de aumento acelerado de dióxido de carbono, metano y otros gases de efecto invernadero liberados por actividades humanas: quema de combustibles fósiles, cambio de uso de suelo, deforestación, producción industrial y patrones intensivos de consumo. NASA resume esta evidencia de forma clara: la Tierra se está calentando a una tasa sin precedentes y la actividad humana es la causa principal; además, aunque el Sol ha influido en cambios climáticos pasados, la evidencia muestra que el calentamiento actual no puede explicarse por la actividad solar.
Esa distinción es fundamental para la alfabetización científica de la ciudadanía. Reconocer que el clima ha cambiado antes no significa que todos los cambios climáticos tengan la misma causa. Sería equivalente a decir que, porque los incendios pueden originarse naturalmente por rayos, entonces no podemos afirmar que un incendio particular fue causado por acción humana aun cuando tengamos evidencia directa de ello.
En ciencia, el contexto importa. La causalidad importa. La evidencia acumulada importa.
Por eso, el rol de una autoridad ambiental no puede limitarse a reconocer que “hay cambios en las variables ambientales”. Esa frase, aunque correcta, es insuficiente. La responsabilidad pública de un ministerio ambiental es comunicar con precisión lo que la ciencia sabe, especialmente cuando esa información tiene consecuencias para la política climática, la educación ambiental, la conservación de la biodiversidad y la toma de decisiones territoriales.
La crisis climática no es un debate académico distante. En Chile se expresa en sequías prolongadas, retroceso de glaciares, aumento de incendios, estrés hídrico, alteración de ecosistemas mediterráneos, presión sobre humedales, impactos en la agricultura y mayor vulnerabilidad de comunidades humanas y no humanas. Desde una mirada ecológica, el cambio climático es un factor que reconfigura condiciones ambientales básicas: temperatura, disponibilidad de agua, productividad primaria, ciclos reproductivos, redes tróficas y distribución de especies.
Cuando una autoridad introduce ambigüedad sobre sus causas, también debilita la comprensión pública sobre sus soluciones. Si el origen queda relativizado, la responsabilidad también se diluye. Y si la responsabilidad se diluye, las políticas de mitigación pierden fuerza.
No se trata de exigir que una autoridad repita frases técnicas de memoria. Se trata de algo más elemental: que exista claridad frente a consensos científicos fundamentales. Una ministra del Medio Ambiente puede y debe discutir los énfasis de adaptación, los instrumentos de gestión, las prioridades territoriales o la velocidad de la transición ecológica. Pero no debiera presentar como divergente aquello que, en la literatura científica internacional, está ampliamente establecido.
La incertidumbre científica existe, por supuesto. Existe respecto de la magnitud exacta de ciertos impactos regionales, de la sensibilidad de algunos ecosistemas, de los umbrales de irreversibilidad, de la respuesta de determinadas especies o de la velocidad de ciertos procesos. Pero esa incertidumbre no está en la pregunta central sobre si el calentamiento actual es causado por actividades humanas. Ahí el consenso es claro.
Confundir esos planos es peligroso.
La ciencia no funciona por unanimidad absoluta, sino por acumulación de evidencia, revisión crítica, contraste de hipótesis y construcción progresiva de consensos robustos. En cambio climático, ese proceso ya ocurrió. Y sus conclusiones son claras.
Por eso, más que una polémica de televisión, este episodio debe ser leído como una alerta sobre la importancia de la comunicación científica desde los espacios de autoridad. En tiempos de desinformación, relativización y fatiga climática, las palabras importan. Importan especialmente cuando provienen de quienes tienen la responsabilidad de orientar políticas públicas ambientales.
Chile necesita autoridades que dialoguen con la ciencia, no que instalen dudas artificiales sobre sus consensos más sólidos. Necesitamos una ciudadanía capaz de comprender la diferencia entre debate científico legítimo y relativización de evidencia. Y necesitamos una educación científica que forme personas capaces de distinguir entre incertidumbre real y confusión pública.
No hay divergencia sobre el origen humano del cambio climático actual. Lo que sí hay —y con urgencia— es una necesidad profunda de fortalecer la alfabetización científica, la responsabilidad comunicacional y la coherencia entre evidencia y política pública.
Porque en una crisis ecológica de esta magnitud, la ambigüedad no es neutral. Debilita la acción. Y frente al cambio climático, actuar tarde también es una forma de decidir. El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura del Centro de Investigación Científica Educativa CICE.


