¿Un panda para Chile o una campaña de marketing?
- Carlos Zurita R.

- 7 jul
- 3 min de lectura
Por MV Javier Oporto. Coordinador de Investigación CICE.
La reciente campaña desplegada por el Buin Zoo “Un panda para Chile” que busca traer un ejemplar de panda gigante a Chile no ha pasado desapercibido y ha generado un debate público y a una pregunta ineludible. El anuncio no fue menor y alude a la espectacularidad de un hito histórico, apelando a la emotividad de la ciudadanía y al “sueño” de albergar a uno de los íconos globales de la fauna. Sin embargo, desde la ecología y la biología de la conservación, la propuesta levanta sospechas y nos obliga a mirar más allá de la ternura mediática.
Traer un panda gigante no solo es un desafío logístico de escalas astronómicas, sino que también que es una decisión ética y política sobre como entendemos la protección de la naturaleza. La conservación ex situ -aquella que se lleva a cabo fuera del hábitat natural de las especies- nació con los objetivos de ser un salvataje genético, un espacio de investigación y un aula de educación ambiental. Pero los límites entre la filantropía ecológica y el marketing corporativo son finos, especialmente cuando los recursos y los esfuerzos se tornan hacia una especie carismática y que ya cuenta con millonarios programas de protección global. De esto se desprende que la conservación no puede medirse por el impacto en la taquilla ni por la venta de merchandising.
Los zoológicos modernos poseen el rol de generar investigación, ser reserva genética y realizar educación ambiental, con el objetivo principal de combatir los procesos de extinción, restaurar poblaciones y el rescate y rehabilitación de fauna silvestre. Bajo estos criterios los zoológicos defienden su existencia, no obstante, cabe preguntarse que tipo de educación ambiental se esta promoviendo al exhibir a un animal fuera de su contexto ecológico, adaptado artificialmente a miles de kilómetros de su distribución nativa. En este sentido, la literatura científica actual es cada vez más crítica respecto al real impacto educativo des estas exhibiciones, sugiriendo que muchas veces solo refuerzan la idea del animal como un objeto de consumo y entretenimiento, más que como un componente vivo de un ecosistema interconectado.
El gran problema de fondo es la priorización de los recursos en un país con urgencias ecológicas dramáticas. Chile enfrenta una crisis de biodiversidad severa: pérdida de hábitat en la zona central, degradación de humedales, amenazas críticas a especies endémicas como huemul, zorro de Darwin, picaflor de Arica o el monito del monte. Especies locales que no poseen la prensa del panda, que no generan largas filas de visitantes pero que cumplen importantes roles ecológicos fundamentales, fundamentales en nuestro territorio.
Financiar la costosa diplomacia del panda y mantener su infraestructura requiere de una inversión que, en un escenario de crisis climática y escasez de fondos para la investigación local, parece desconectada de la realidad ambiental del país. La verdadera conservación no elije a sus sujetos por su nivel de “ternura” o su capacidad de atraer auspiciadores. Los criterios de la biología de la conservación son técnicos y estratégicos, en donde se evalúan la viabilidad de las poblaciones, la representatividad filogenética, vulnerabilidad del ecosistema y la posibilidad real de reinserción. Ninguno de estos criterios justifica prioritariamente un panda gigante en Santiago.
No hay que negar que estos centros de exhibición y rehabilitación cumplen roles valiosos en ciertos contextos. No se niega el valor del rescate o los programas de reproducción de especies nativas amenazadas. Pero, esa labor no debiera ser utilizada como un escudo reputacional para justificar espectáculos de alto costo comercial. El rol de los centros que albergan fauna no puede limitarse a ser vitrinas de lo foráneo. Su responsabilidad social y ambiental debe alinearse con las necesidades territoriales del país donde operan. Cuando una institución pone el foco en megafauna extranjera con un evidente potencial de recaudación, la sospecha del lucro como motor principal se vuelve legítima.
Chile necesita una ciudadanía alfabetizada ecológicamente, capaz de comprender que la biodiversidad se defiende protegiendo los bosques nativos, los ríos y las especies locales, yendo más allá de los iconos globales para campañas publicitarias. Necesitamos cuestionar la narrativa de que el cautiverio espectacular es una forma válida de salvación.
En una crisis ecológica de la magnitud actual, la ambigüedad en los objetivos de la conservación no es neutral. Si validamos que el rescate de la naturaleza se transforme en una estrategia de branding y entretenimiento, debilitamos el sentido de urgencia de la verdadera protección ambiental. Porque frente a la extinción masiva de especies en nuestro propio suelo, distraernos con el espectáculo también es una forma de mirar para el lado. El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura del Centro de Investigación Científica Educativa CICE.


